Docente: Jesús Alberto Vargas Cifuentes
Área: Educación religiosa
Mc 4, 35-41: La tempestad
calmada (Mc)
«¿Por qué tenéis miedo?
¿Aún no tenéis fe?»
35 Aquel día, al
atardecer, les dice Jesús: «Vamos a la otra orilla». 36 Dejando a la gente, se
lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban.
37 Se levantó una fuerte
tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua.
38 Él estaba en la popa,
dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: “Maestro, ¿no te importa
que perezcamos?».
39 Se puso en pie,
increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino
una gran calma.
40 Él les dijo: «¿Por qué
tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».
41 Se llenaron de miedo y
se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo
obedecen!».
¿Qué opina sobre la
actitud de Jesús?
¿Qué opina sobre la
actitud de los discípulos?
¿Cómo se puede comparar
estas actitudes con nuestra realidad, sufrimientos y problemas?
Realizar una infografía.
a) Titulo distinta al del Evangelio y al Mío
b) Responder las preguntas.
c) 3 conclusiones sobre el mensaje del Papa.
«Al atardecer» (Mc 4,35).
Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas
parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras
plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo
de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso:
se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos
encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio,
nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que
estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo
tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos
necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos
discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf.
v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra
cuenta, sino sólo juntos.
Es fácil identificarnos
con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los
discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en
popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo
y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el
Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que
calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de
reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).
Tratemos de entenderlo.
¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la
confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo
invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que
perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de
ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo
que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase
que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús,
porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a
sus discípulos desconfiados.
La tempestad desenmascara
nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas
seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros
proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y
abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.
La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo
que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con
aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar
la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para
hacerle frente a la adversidad.
Con la tempestad, se cayó
el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos
siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más,
esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa
pertenencia de hermanos.
«¿Por qué tenéis miedo?
¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a
todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado
rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias,
nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos
hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e
injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro
planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en
mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares
agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.
«¿Por qué tenéis miedo?
¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que
no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta
Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo
corazón» (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de
elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para
elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es
necesario de lo que no lo es.
Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida
hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de
viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia
vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y
generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y
mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes
—corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de
revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas,
están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia:
médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los
supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad,
voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que
comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el
verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la
oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21).
Cuánta gente cada
día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico
sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes
muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y
transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la
oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La
oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.
«¿Por qué tenéis miedo?
¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la
salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor
como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de
nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que
los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque
esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede,
incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la
vida nunca muere.
El Señor nos interpela y,
en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa
solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas
horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y
avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados.
Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en
su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su
amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los
afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos
una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El
Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar
a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que
nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y
dejemos que reavive la esperanza.
Abrazar su Cruz es
animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando
por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la
creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar
espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de
hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados
para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga
todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar.
Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que
libera del miedo y da esperanza.
«¿Por qué tenéis miedo?
¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra
la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a
través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso.
Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros,
como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da
salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor.
Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a
merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y
nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú
nos cuidas” (cf. 1 P